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| La Acción IV - El Apostolado Franciscano |
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La voluntad fervorosa que lo enciende no puede agotarse en una virtud solitaria; quien viviese en el mundo, pero espiritualmente cerrado dentro de sí como eremita, no sería franciscano. Su meta es bien clara: el reinado de Dios. Para llegar a ella, un espíritu franciscano no soporta el ambiente en el que vive; más tanto ruega, obra, padece y combate, que lo modifica y rehace, hasta que las armas de Cristo se impriman en las casas y en los corazones. En el apostolado la acción franciscana está penetrada por el mismo sentido de simpatía que caracteriza la inteligencia franciscana. Su punto de partida es siempre no sólo la intuición, sino también la penetración del alma y del momento psicológico ajeno. Esta simpatía en el fondo no es más que el máximo de la concretez, unido a la más espiritual pobreza, la que se despoja del propio yo, y hasta de los propios acariciados sentimientos para identificarse con los sentimientos de los demás, antes de conducirlos a la paz de Cristo. También aquí el ejemplo desciende de las fuentes: San Francisco y sus primeros compañeros de Rivotorto convertían con el ejemplo, con la bondad, con el trabajo humilde y sumiso antes que con la predicación sabiendo que los hombres desconfían de quien quiere traerlos a la religión y se desarman y enternecen cuando en los nuevos apóstoles no echan de ver, no sólo miras de interés o ambición, sino ni siquiera un aire de superioridad. Los primeros franciscanos no se presentaban como maestros, antes se colocaban a la pare, mejor dicho, un escalón más debajo de los hombres que querían convertir. Conseguían su objeto no con un deliberado dominio social o intelectual sobre los demás, sino como niños, con una entera dependencia; tomaban parte en las faenas cotidianas con los campesinos, o en las casas de los campesinos, y dependían de ellos para el pan de cada día. Hacíanse hijos del pueblo, cuando eran apóstoles de una nueva vida religiosa, y su presencia permeaba el territorio y traía un nuevo elemento a la vida de la comunidad y de cada hogar. Edificar sirviendo, convertir obedeciendo, predicar callando, si no es todo el método del apostolado franciscano, ciertamente que es su substrato indispensable, practicable por todos y en todo lugar. San Francisco dio el ejemplo durante toda la vida y en particular cuando, al dar una vuelta en silencio por las calles de Asís, enseñó a uno de sus frailes cuál debía ser la primera predicación, y cuando a un dominico que le pedía consejo acerca del modo de amonestar a los pecadores respondió: “El siervo de Dios debe ser tan ardiente en santidad, que reprenda con la luz del ejemplo y la elocuencia de las acciones a todos los impíos”. Esta línea de conducta seguía fray Bernardo en Bolonia cuando ganó para Dios a los doctores y escolares de la Universidad, presentándose en público como un pobre, entre las befas de los chicuelos. El beato Gil, cuando se ganaba la vida mendigando, a uno que, creyéndole un trotamundos, le ponía en la mano un par de dados, respondió con humildad: “Dios te lo perdone, hijo mío”. Por esta sobrenatural identificación con el prójimo (intuarsi, diría Dante Alighieri), San Francisco como de noche con el novicio hambriento, cata las uvas con el fraile convaleciente, manda a los ladrones homicidas la alforja de pan y el vasito de vino antes de reducirlos a la penitencia. Sabe que habla en vano quien no comienza por el argumento más urgente para la persona con quien ha de tratar. Esta simpatía franciscana es, no hay por qué decirlo, muy diversa de aquella otra parcial, caprichosa, discontinua, que dimana de la fantasía y de los sentidos; antes es universal y constante; se extiende a todas las criaturas, aún privadas de la razón, imitando a San Francisco, que salvaba a los gusanos de las pisadas; las plantas silvestres, del hacha; las tórtolas y los corderillos, de la muerte. Se interesa por toda pena, escucha toda demanda y toda confidencia, halla tiempo para todos y llega a todos con generosidad ilimitada, porque, cuanto más da, más recibe. Semejante acción, que es el apostolado, es la dilaceración de todo deseo personal al paso que éste se va formando; es un verdadero cilicio al yo, ala pereza, al voluptuoso gusto de qué me importa a mi eso y de las propias comodidades; es virtud tan difícil que no se puede conseguir sin un amor heroico. El Beato Gil da a este propósito un consejo de oro: “Si quieres emplearte bien, córtate las manos y trabaja con el corazón”. La acción misionera nada vale sin el amor que le quita ese no se qué de seco, de presuntuoso, de pedantesco, por lo que a veces aleja en vez de atraer, o es servida por tunantes para fines humanos. El franciscano, así como vence las dificultades intelectuales internándose con simpatía en los argumentos hostiles, y así como vence a los adversarios del pensamiento amándolos más que combatiéndolos, así reconduce a la Fe las almas alejadas amándolas cuantos e pueden amar, desmesuradamente sin peligro: en la oración y en el sacrificio. Cuanto más alejadas, tanto más intensifica la oración que prepara la acción y se incorpora en la acción, especialmente cuando se vierte sangre; tanto más pone en la acción su sacrificio. Pero oración y sacrificio son los fundamentos del apostolado cristiano, cualquiera sea la forma que tome; en cambio, es característica del franciscano la concretez hecha simpatía, de pobreza, de actividad leal, veloz, incansable, que se consume como la llama, porque más que con las manos trabaja con el corazón y no espera de su trabajo ni dulzuras humanas, ni dulzuras místicas, ni comodidades, ni honores, ni reposo, ni siquiera la suavidad de la contemplación o los raptos del éxtasis. San Francisco los tuvo, mas los pagó con los Estigmas, sello sangriento de su actividad. Tomado de “El Franciscanismo”
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| Actualizado ( Domingo, 13 de Junio de 2010 23:32 ) |




El blanco principal de la acción franciscana es el apostolado.