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| La Acción I – La religiosidad de la acción |
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Hay quien ha querido considerar a San Francisco como un lejano precursor de la filosofía de la acción por su: Tantum scit homo quantum operatur (“Tanto sabe el hombre cuanto obra”), pero la orientación del todo sobrenatural de la actividad interior y exterior de San Francisco, mejor aún, su íntima y perenne inspiración sobrenatural de la vida, le separan netamente de los pensadores modernos. Eso no obstante, hay que reconocer que, así como San Francisco trajo un fermento nuevo a la concepción del saber, así también vio la acción a una luz novísima para sus tiempos; recordó a los hombres, que se consumían en ascetismos solitarios, el valor religioso de la vida activa, siguiendo el Evangelio, imitando a Jesucristo, incansable de corazón y de manos en la voluntad de servir a Dios. Religiosidad de la acción. Sus intérpretes han sistematizado su intuición filosóficamente. Así como San Buenaventura descubre en la iluminación y en el coloquio interior la religiosidad del saber, así Duns Escoto pone con la supremacía de la voluntad el fundamento de la religiosidad de la acción. Sólo en su libre “quiero” esté conforme o disconforme con la voluntad de Dios, toda su acción está por Dios o contra Dios. Si la voluntad no fuese soberana, la acción podría ser indiferente, ni de Dios ni del diablo. Otros ponen la rectitud, el valor de una acción humana en un juego más complejo de inteligencia y de voluntad. Pues que la doctrina franciscana pone la voluntad en lo sumo de la vida humana, reina y dominadora de nuestra actividad de nuestra actividad, libre y responsable (el llamado “primado de la voluntad” de los pensadores medievales), síguese que la voluntad es un continuo acto de sumisión o de rebelión, un “sí” o un “no” dado al Creador. La religiosidad de la acción consiste en no poder hurtare a esta alternativa; lleva consigo su condenación o su justificación; el drama de la acción (como un día el de la libertad) consiste en la lucha entre las inclinaciones egoístas y la voluntad de Dios manifiesta en la ley o en los acontecimientos; la grandeza de la acción está en encarnar una voluntad que de humana tiene solo la apariencia, siendo de todo en todo sobrenatural. La acción, entendida según la doctrina de los doctores franciscanos, comienza por el “quiero” deliberado en la conciencia y, por lo mismo, es ante todas las cosas, interior. Cuando los maestros medievales franciscanos hablan de “obrar”, “emplearse”, no entienden la acción, el trabajo, en que la energía humana se empieza y se complace: entienden el esfuerzo del espíritu por vencer los movimientos inferiores o unirse a Dios; por donde la oración misma es un duro combate, en tanto que es ocio cualquiera solicitud de fatiga no enderezadas a la eternidad. Responder inmediatamente a la inspiración divina, no perder jamás un minuto; considerar la conversión como un renovarse de hora en hora, y retroceso el no ir adelante; culpa el omitir cualquier obra buena, y el mejor de los dones el vencerse a sí mismo en la prolija lucha del orgullo y de los sentidos, tal es el programa de acción de San Francisco. Siendo este también el programa de todo cristiano, en sí nada tiene de original; pero lo es por el espíritu y por el ímpetu con que el Santo lo desenvuelve; la originalidad comienza allí donde el Santo proyecta este movimiento de su conciencia en la vida social. La acción interior transforma el hombre interior y, sólo indirectamente, la realidad externa. Ésta es la condición indispensable de toda acción social; mas no se la propone expresamente, antes bien la evita, con un pudor propio suyo y como un peligro; teme perderse entre el público; obra de lejos, en soledad, orando, expiando por los demás. También San Francisco experimentó el encanto de la vida contemplativa, y en los primeros tiempos de su conversión fue ermitaño; más tarde pensó muchas veces en renunciar ala vida nómada de apóstol; mas no era de esos solitarios que dejan el mundo como lo hallan. Cuando Santa Clara y fray Silvestre le aconsejaron el apostolado dieron en el blanco; si en el siglo presidía él las cuadrillas de jóvenes, en la religión debía ser un heraldo que arrastrase a las muchedumbres. Su voluntad, identificada con la voluntad de Dios, obra de dentro a fuera, de la transformación del corazón al trabajo manual, que es ley; luego al apostolado, que es vocación. Toma ejemplo y norma del Evangelio. Aquel trabajar en contacto con todos, hombre entre los hombres; aquel tratar familiarmente con los pecadores, esto es, con hombres o mujeres de dudosa o mala vida; aquel combatir descubiertamente la opinión pública, ya judía, ya romana; aquel desafiar a las multitudes con riesgo de la vida, no representaban para San Francisco ni asechanza ni obstáculo a la unión con Dios, antes son un deber. El mundo con todas sus pasiones no es una barrera entre él y las almas; si para conquistarlas es preciso atravesar el mundo, o permanecer con él en molesta compañía, desafía el peligro sin miedo; tan unido está con la voluntad del Señor, de tal suerte llega para él hasta la muerte de sí mismo el precepto de la caridad. Y deja a sus secuaces su ejemplo. La ascesis de la perfección individual no se realiza en la soledad, sino en el trabajo humilde para ganarse el pan, en la labor misionera del reino de Cristo, que es el centro de todas las voluntades y de todos los esfuerzos buenos. Tomado de “El Franciscanismo”
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| Actualizado ( Domingo, 13 de Junio de 2010 23:33 ) |




La vida moderna ha valorado la acción. De las disputas del siglo XV acerca de la superioridad de la vida activa sobre la vida contemplativa al pragmatismo anglosajón y el idealismo blondeliano hay un crescendo en el reconocimiento de la importancia de la acción considerada como síntesis de pensamiento y de vida, solución del problema del conocer y del problema del querer.