Escrito por Redaccion    Viernes, 31 de Octubre de 2008 05:02    PDF Imprimir E-mail
La Vida Interior I - Conformidad con Cristo Señor

Neil CavutoEn las brevísimas paráfrasis al Padre Nuestro San Francisco da a cada versículo una interpretación suya, nueva y significativa. Dos pasajes señaladamente son dignos de notarse. El primero se refiere a la frase: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”, a fin de que, comenta luego, “te amemos con todo el corazón, pensando siempre en Ti, con toda el alma deseando siempre a Ti, con toda la mente dirigiendo a Ti todas nuestras intenciones, buscando en todas las cosas tu gloria, con todo nuestro empeño expandiendo todas las fuerzas y sentidos corporales y espirituales en obsequio de tu amor y no en otra cosa, amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos, trayéndolos todos a tu amor, gozándonos de los bienes ajenos como de bienes nuestros, y compadeciéndolos en sus males sin ofender nunca a ninguno”.

Aquel “hágase tu voluntad”, entendido generalmente como sumisión a la Ley y a los acaecimientos dispuestos por la Providencia, generalmente pronunciado como un acto de fe, de obediencia, de resignación, es para San Francisco un acto de amor. Hacer la voluntad de Dios significa amarlo. En efecto, ¿Qué otra cosa quiere Dios de nosotros sino que lo amemos? ¿No es el amor la perfección de la ley? Voluntas Dei santificatio vestra (“La Voluntad de Dios es nuestra santificación”), dice San Pablo; mas la santificación es obra de amor; por eso San Francisco pide amar a Dios como Dios quiere ser amado, “con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas”.

Otro pasaje importante de la paráfrasis de San Francisco es aquel en que, habiendo dicho que “el pan nuestro de cada día” es “el amado Hijo tuyo y Señor nuestro Jesucristo”, concluye pidiendo este pan en memoria, inteligencia y culto “del amor que nos tiene y de las cosas que por nosotros dijo, hizo y padeció”.

Aquí es de notar como el Santo, libre de todos los deseos terrenales, aún de los más legítimos, y de todas las preocupaciones humanas, pide al Padre únicamente a Jesucristo, pan del alma; mas no lo pide para nutrirse y gozarse con Él (eso deriva necesariamente de su bondad, y no hay para que mentarlo): lo pide para recordar, amar y adorar el amor olvidado del Hijo de Dios y su pasión. El comentario del Padrenuestro termina en apasionadas palabras de gratitud y alabanza, cual si quisiera el Santo alejar de su fe toda tendencia utilitaria.

Otra oración en alto grado expresiva es el Absorbeat, que responde muy bien al espíritu del Santo, aún cuando la letra no sea de San Francisco: “Arrebate, ruégote, Señor, la ardiente y dulce fuerza de tu amor mi mente de todas las cosas terrenas, para que por amor de tu amor yo muera, Como Tu te dignaste morir por mi amor”.

Con un lirismo no superado por ningún poeta, San Francisco pide morir de amor; no de amor para con Dios, nótese, pues esto parecíale acaso presunción o a lo menos falta de delicadeza para con Aquel que lo había prevenido en amar, sino por amor de su amor: el sentirse amado de Dios él, pobrecillo, le derretía de ternura.

La característica de este modo de orar es el olvido total de sí mismo y de las propias necesidades no sólo temporales (lo que es comprensible), sino también espirituales. La alabanza, el grito de amor (¡Mi Dios, mi todo!), el abismamiento en la propia nada para mejor exaltar la inmensa bondad de Dios substancian la oración de San Francisco.

Si al principio de su conversión se proponía servir al mayor Señor del mundo, y eso quizá más por grandeza de ánimo que por ambición, ahora no dice: “¡Quiero ser santo, gran santo!” ¡Ni por sueños! Solo anhela comprender el amor de Dios para serle agradecido.

En la oración san Francisco busca y ama de preferencia la humanidad crucificada de Jesucristo., Al cabo de dieciocho años de imitación del Señor como no se había visto nunca igual, pidió la extrema imitación que no podía conseguir con su voluntad: la crucifixión. Y obtuvo los Estigmas.

Con este sello impreso en los miembros de su fundador, la piedad franciscana penetraba todavía más profundamente en la concepción paulina: Cristo cabeza de toda la Iglesia; cada alma tiene un miembro de su cuerpo místico, destinado a completar en sí su Pasión.

San Francisco realizó sensiblemente esta participación en la redención, a la cual son llamados todos los hombres, y con el ejemplo amonestó a todos los fieles a volver todos sus deseos un centro único: Cristo y Cristo crucificado.

As+í, pues, la espiritualidad franciscanas se compendia en una extrema y total imitación de Cristo; el franciscano no debiera distinguirse de los otros cristianos sino por una mayor adherencia a la vida del Señor, de Tal suerte que desde Bartolomé de Pisa en adelante no se habla de imitación, sino de conformidad. Si de hecho el ideal no se alcanza nunca, alimenta, a lo menos, la disposición del alma a conformarse con Cristo no en una parte más que en otra de su vida, sino en todo; ni un pensamiento, ni un acto pueden hurtarse a esta imitación, que además, deriva espontáneamente de la oración y del deseo de Dios.

Tomado de “El Franciscanismo”
Fray Agustín Gemelli OFM
Rector de la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán
Traducción de la Tercera Edición Italiana por Fr. Gil Monzón OFM
Luis Gili, Editor. Año 1940
Córcega 415, Barcelona
Páginas 374 a 377

 

Actualizado ( Domingo, 13 de Junio de 2010 23:35 )